Qué pasó en el experimento de los macacos con un teclado en el zoo de Paignton
Qué pasó en el experimento de los macacos con un teclado en el zoo de Paignton: seis macacos, un ordenador y cinco páginas llenas de eses.

Lo que pasó en el experimento de los macacos con un teclado en el zoo de Paignton se resume en una letra: la «s». Seis monos, un ordenador, varias semanas de trabajo y cinco páginas de resultado, casi todas llenas de eses. Ni una palabra de Shakespeare. Eso sí, el teclado acabó usado como retrete.
La historia la contó la BBC el 9 de mayo de 2003 con un titular que todavía hace gracia: «No hay palabras para describir el juego de los monos».
Por qué alguien metió un teclado en la jaula de unos macacos
Existe una idea muy famosa, el teorema del mono infinito: un mono tecleando al azar durante un tiempo infinito acabaría escribiendo las obras completas de Shakespeare. Es matemáticamente cierta. También es una de esas ideas que todo el mundo repite y nadie ha comprobado con monos de verdad.
Hasta que llegaron unos estudiantes del curso MediaLab Arts de la Universidad de Plymouth, en el suroeste de Inglaterra. Consiguieron 2.000 libras del Arts Council, el organismo público que financia el arte en el país, y colocaron un ordenador con teclado en el recinto de los macacos del zoo de Paignton, en Devon.
Los protagonistas eran seis macacos crestados de Célebes, una especie de Indonesia de pelo negro y cresta punk. Tenían nombre: Elmo, Gum, Heather, Holly, Mistletoe y Rowan. Según la reconstrucción que recoge Wikipedia, el teclado estuvo con ellos entre el 1 de mayo y el 22 de junio de 2002. Todo se retransmitía en directo por internet gracias a un enlace de radio, que fue en lo que se gastó la mayor parte del dinero.
Qué pasó en el experimento de los macacos con un teclado en el zoo de Paignton
Spoiler: poca literatura.
El macho dominante se dedicó a golpear el teclado con una piedra. Después, el grupo descubrió otros usos para el aparato (el más comentado, orinarle encima). Entre medias, pulsaban teclas. Mucho la «s».
El balance final fueron cinco páginas de texto. Hacia el final del experimento la producción «mejoró ligeramente», según la BBC, y empezaron a aparecer también la A, la J, la L y la M. Shakespeare puede dormir tranquilo.
Las reacciones
Amy Plowman, responsable científica del zoo, lo resumió con flema británica: el trabajo había sido interesante pero de escaso valor científico, salvo para demostrar que la teoría del mono infinito «falla».
Mike Phillips, director del instituto de artes digitales de la universidad (i-DAT), negó que aquello fuera un desastre y aseguró que habían aprendido «muchísimo». Y defendió el gasto con una frase estupenda: «Comparado con lo que cuesta un programa de telerrealidad, esto ha sido una miseria».
Las cinco páginas se publicaron después en un libro de edición limitada con el título Notes Towards the Complete Works of Shakespeare («Apuntes para las obras completas de Shakespeare»). La revista Wired también se hizo eco con un titular igual de directo: los monos no escriben Shakespeare.
Lo que de verdad demostró el experimento
Aquí viene el giro. El teorema da por hecho que el mono pulsa todas las teclas con la misma probabilidad, una tras otra, sin preferencias. Un mono de verdad hace lo contrario: se encapricha con una tecla, se aburre, se va, vuelve con una piedra. Los macacos de Paignton no tecleaban al azar. Tecleaban como macacos.
Y aunque lo hubieran hecho perfecto daría igual. Con un teclado de 26 letras, la probabilidad de acertar una palabra de cuatro letras ya es de 1 entre 456.976. Para un libro entero las cifras tienen millones de dígitos. En 2024, dos matemáticos de Sídney calcularon en la revista Franklin Open que ni todos los chimpancés del planeta, tecleando hasta el final del universo, llegarían a Shakespeare.
Así que, más de veinte años después, el récord literario de Elmo, Gum, Heather, Holly, Mistletoe y Rowan sigue siendo el mismo: cinco páginas, cuatro letras distintas además de la «s», y un teclado que acabó medio destrozado.