La sintonía del tiempo de TVE nació para vender aceite de motor
Esas siete notas que anuncian el mapa de España eran el jingle de Repsol. La historia de cómo una melodía publicitaria se independizó de su marca y acabó comprada por Televisión Española.

Siete notas. Las has oído miles de veces, probablemente cenando, y si te las tarareo ahora mismo sabes exactamente qué viene después: un mapa de España lleno de nubecitas.
Pues esa melodía no se compuso para el tiempo. Se compuso para vender aceite de motor.
Antes de las gasolineras, los lubricantes
Hasta mediados de los ochenta, Repsol era una marca de lubricantes. Nada de estaciones de servicio verdes por toda España: latas de aceite. En 1986 empezó el cambio de imagen hacia la petrolera que conocemos, y con el cambio de imagen llegó lo que llega siempre: una campaña, un anuncio y una musiquilla para pegarla al final.
Esa musiquilla eran nuestras siete notas.
Podría haber acabado como acaban casi todas: sonando cinco años y desapareciendo con la campaña. Pero Repsol hizo algo que en aquel momento era pura lógica publicitaria y con el tiempo resultó ser una jugada maestra sin querer: patrocinar el espacio del tiempo de Televisión Española.
Lo que era el tiempo en 1986
Hay que ponerse en situación, porque si tienes menos de treinta años esto te va a sonar a ciencia ficción. No había Antena 3. No había Telecinco. No había internet. No había una aplicación en el móvil que te dijera si iba a llover el sábado con precisión de barrio.
Había dos cadenas, las dos de Televisión Española, y un señor delante de un mapa. Si querías saber si el domingo podías ir a la playa, veías el tiempo. Todo el país, a la vez, después de comer o después de cenar.
Era, probablemente, el minuto de televisión más valioso de España. Y sonaba a Repsol.

Veinticinco años después llega la ley
La cosa funcionó tan bien que Repsol repitió la jugada en otras televisiones: en TV3 el tiempo también lo ofrecía Repsol, en catalán.
Y así un cuarto de siglo, hasta que en 2009 se aprobó la ley que dejaba a Televisión Española sin publicidad. A partir del 1 de enero de 2010, se acabaron los anuncios. Y con ellos, el patrocinio.
Aquí viene el detalle bueno. Repsol, antes de rendirse, intentó que le hicieran una excepción. El razonamiento no era descabellado: ya existía el precedente del toro de Osborne, aquel cartel gigante que sobrevivió a la prohibición de la publicidad en las carreteras porque para entonces ya no lo veía nadie como un anuncio de brandy, sino como parte del paisaje.
No coló. En el tiempo tampoco iba a haber publicidad, y punto.
El problema que nadie había pensado
Y entonces Televisión Española se dio cuenta de algo incómodo: la música que llevaba veinticinco años abriendo su espacio meteorológico no era suya. Era de una petrolera.
Así que hizo lo único que podía hacer: preguntar si se la vendían.
Repsol, antes de contestar, encargó un estudio de mercado para saber qué tenía exactamente entre manos. La pregunta era sencilla: cuando la gente oye estas siete notas, ¿en qué piensa?
El resultado no dejaba lugar a dudas. La gente pensaba en borrascas, en anticiclones y en mapas. En nadie llenando el depósito. Después de veinticinco años pegada a los mapas de isobaras, la melodía se había ido de casa: seguía siendo legalmente de Repsol y emocionalmente ya no.
Vendieron los derechos. Y esas siete notas que nacieron para vender aceite de motor se convirtieron oficialmente en la sintonía del tiempo.
Un detalle final para nostálgicos
Hace poco la han vuelto a arreglar en una versión más ligera y moderna, y ahí ya entra el gusto de cada uno. Hay quien echa de menos los bajos de la versión de siempre, la de la infancia, la que sonaba mientras alguien en tu casa decía «calla, que va a decir si llueve».
Lo que no cambia es lo mejor de esta historia: que una empresa pagó por asociarse a un programa y acabó regalándole al programa su propia identidad. La marca desapareció de la pantalla en 2010. La música sigue ahí.
Y si quieres arruinártela para siempre, prueba a cantarla con letra. «Vamos a ver el tiempo de hoy» encaja perfecta. De nada.