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El marcador que se rindió antes que los tenistas

En la pista 18 de Wimbledon, en 2010, un partido de tenis llegó a un número que ningún programador había contemplado. El marcador electrónico se apagó. Los jugadores siguieron once horas.

El marcador que se rindió antes que los tenistas

El miércoles 23 de junio de 2010, a media tarde, el marcador electrónico de la pista 18 de Wimbledon dejó de contar. No se estropeó por un rayo ni por un cable suelto. Simplemente llegó a 47-47 en el quinto set y se quedó en blanco, como quien pone cara de «esto no puede estar pasando».

Y es que, literalmente, no podía. Nadie en IBM había programado el sistema para mostrar números tan altos. Cuando escribes el software de un marcador de tenis, asumes cosas razonables. Que un set se resuelve en 6-4, en 7-5, como mucho en 12-10 si la cosa se pone fea. Cuarenta y siete iguales no entraba en la tabla.

Abajo, en la pista, John Isner y Nicolas Mahut seguían sacando.

Un deporte sin reloj

El tenis es de los pocos deportes grandes que no tiene un cronómetro que lo mate. El fútbol acaba a los noventa. El baloncesto acaba cuando la bocina. El tenis acaba cuando alguien gana, y punto. Wimbledon llevaba ese principio al extremo: en el quinto set no había desempate. Para ganar tenías que sacar dos juegos de ventaja, tardaras lo que tardaras.

Durante décadas eso produjo partidos largos y anécdotas simpáticas. Hasta que en la primera ronda de 2010 se cruzaron dos jugadores con el saque de un cañón y las piernas de un maratoniano.

Isner, estadounidense, 2,08 de estatura, un servicio que baja desde una altura absurda. Mahut, francés, saque y volea de otra época, uno de esos tenistas que en hierba se transforman. La combinación era perfecta para el desastre: dos tíos casi imposibles de romper al saque, en la superficie donde restar es más difícil.

Tres días

Empezaron el martes 22 por la tarde. Se suspendió por falta de luz con el quinto set 59-59.

Vuelve a leer eso. Cincuenta y nueve iguales. Y se fueron a dormir.

El día anterior, con 10-9, Isner había tenido una bola de partido y la había fallado. Si la mete, esto no existe. No hay marcador colgado, no hay récord, no hay artículo. Un resto de derecha que se va largo y la historia del tenis se bifurca.

El miércoles siguieron. Y siguieron. El público de la pista 18, una de las secundarias, la de los partidos que nadie va a ver, se convirtió en el sitio donde todo el mundo quería estar. Los que tenían entrada para la central se largaron de la central.

El árbitro de silla, Mohamed Lahyani, aguantó el partido entero desde arriba, cantando el tanteo una y otra vez. Los recogepelotas se relevaban. Los jugadores no.

Isner ganó 6-4, 3-6, 6-7, 7-6 y 70-68. Once horas y cinco minutos de juego repartidos en tres días. Ciento ochenta y tres juegos. El quinto set, él solo, duró ocho horas y once minutos, o sea, más que el partido más largo de la historia hasta entonces (Santoro contra Clément, Roland Garros 2004, seis horas y treinta y tres minutos, que hasta ese martes parecía una barbaridad insuperable).

Entre los dos firmaron 216 saques directos: 113 de Isner, 103 de Mahut. El récord anterior de aces en un partido estaba en 78. Lo pulverizaron los dos por separado.

La parte cruel

Mahut perdió. Después de once horas, después de ganar 68 juegos en un solo set, se fue a casa en primera ronda. Lloró en la pista. Isner, que sí pasó, jugó la segunda ronda dos días después contra el holandés Thiemo de Bakker.

Perdió 6-0, 6-3, 6-2 en setenta y cuatro minutos.

Es decir: su segundo partido duró menos que un descanso para comer del primero. El hombre no podía ni doblar las rodillas.

El All England Club acabó poniendo una placa conmemorativa junto a la pista 18. Es probablemente el único sitio del mundo donde se homenajea oficialmente un fallo de software.

Ocho años para cambiar una regla

Lo interesante es lo que tardaron en reaccionar. Wimbledon no tocó nada en 2011, ni en 2012, ni en los años siguientes. La tradición pesa mucho en un torneo donde te obligan a vestir de blanco hasta la ropa interior.

Hizo falta que la cosa se repitiera. En 2018, Kevin Anderson y John Isner (sí, otra vez Isner, el hombre tiene un imán) jugaron una semifinal de seis horas y treinta y seis minutos que acabó 26-24 en el quinto. Esa vez el problema no fue el marcador, fue el horario: la final del día siguiente y el resto del cuadro se descuadraron enteros.

Ese octubre, ocho años después de la pista 18, Wimbledon anunció el desempate en el quinto set a partir de 12-12. En 2022 los cuatro Grand Slams se pusieron de acuerdo por fin en lo mismo: superdesempate a diez puntos con 6-6 en el set decisivo. Reglas iguales en Melbourne, París, Londres y Nueva York, algo que en tenis cuesta más que reformar la Constitución.

Así que el partido Isner-Mahut no solo rompió un marcador. Cambió el reglamento de un deporte que llevaba un siglo sin ver la necesidad.

Y aquí va el detalle que a mí me deja mejor: como el desempate salta ahora a 12-12, aquel 70-68 no lo puede batir nadie. Ni igualarlo. Es un récord con candado, sellado por la propia regla que provocó.

Mahut ganó 68 juegos en un set y se fue a casa. Nadie va a ganar 69 jamás.

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