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Solo había 20.000 tiranosaurios vivos a la vez, y por eso los humanos del Neolítico los habrían extinguido

Uno contra uno pierdes. Pero nadie caza uno contra uno, y los depredadores grandes tienen una debilidad que no está en los dientes.

Solo había 20.000 tiranosaurios vivos a la vez, y por eso los humanos del Neolítico los habrían extinguido

En cualquier momento dado del Cretácico tardío había unos veinte mil tiranosaurios adultos vivos en toda Norteamérica. Veinte mil. Repartidos por un territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados, o sea alrededor de uno cada cien kilómetros cuadrados.

El número sale de un trabajo que Charles Marshall y su equipo de Berkeley publicaron en Science en 2021. Calcularon la densidad de población a partir del tamaño corporal y las necesidades energéticas del bicho, usando una regla ecológica que relaciona ambas cosas. Sumando los dos millones y pico de años que duró la especie salen unos 2.500 millones de tiranosaurios en total. Los propios autores avisan de que el margen es enorme: la horquilla del cálculo va de 1.300 a 328.000 ejemplares vivos a la vez. Pero incluso por arriba, un T. rex era un animal raro de ver.

Retén ese dato, porque es la clave de la pregunta que te has hecho alguna vez: si soltaras a un grupo de humanos del Neolítico en el Cretácico, ¿quién se come a quién?

Uno contra uno pierdes. Pero nadie caza uno contra uno

La imagen que tenemos es la de la película: el bicho corriendo detrás y el humano tropezando. Y sí, en un enfrentamiento directo, sin tiempo de preparar nada, no hay discusión.

El problema es que los humanos del Neolítico no cazaban así, y tampoco los de antes. Cazaban mamuts, que no eran precisamente presas fáciles: un mamut colombino podía pasar de las diez toneladas, más que la mayoría de las estimaciones para un Triceratops. Y no los cazaban a pecho descubierto. Los empujaban hacia despeñaderos. Los metían en fosas. Los separaban de la manada. Los remataban con lanzas desde distancias razonables y luego volvían a por la carne.

Nada de eso requiere ser más fuerte que la presa. Requiere ser más paciente, coordinarse y conocer el terreno mejor que ella.

El detalle que lo decide: los depredadores necesitan mucho sitio

Aquí está la parte interesante, y no tiene que ver con lanzas.

Un carnívoro grande necesita un territorio enorme y una cantidad brutal de carne para seguir vivo. Esa es exactamente la razón por la que veinte mil tiranosaurios ocupaban un continente entero: no cabían más. La ecología no da para más.

Y esa dependencia del territorio es la vulnerabilidad. No hace falta matar a los depredadores para acabar con ellos: basta con ocupar el sitio donde comen. Cuando los humanos entran en un ecosistema, se llevan por delante a los herbívoros grandes primero, y los carnívoros que dependían de ellos se quedan sin cena.

No es teoría. En 2014, William Ripple y un equipo internacional revisaron en Science la situación de los 31 mayores carnívoros terrestres del planeta. El 77 % está en declive poblacional continuado, y 24 de esas 31 especies están amenazadas directamente por persecución humana. Leones, tigres, lobos, osos, licaones. Los animales que damos por invencibles.

Y luego está la cuerda

Cuando pensamos en tecnología prehistórica pensamos en piedras afiladas. La pieza de verdad es más aburrida: la cuerda, la red y el nudo.

Una cuerda convierte una trampa en algo reutilizable. Una red inmoviliza a un animal que pesa cien veces más que tú. Un nudo bien hecho deja a un bicho enorme atado a un árbol y a ti a salvo, esperando. Ninguna de esas tres cosas requiere fuerza, y las tres son mucho más antiguas de lo que la gente supone.

Un depredador ápice que ve el mundo como territorio, presa y refugio no tiene ninguna respuesta preparada para una emboscada nocturna con antorchas o para una malla escondida en la hierba. No porque sea tonto: porque nada en su evolución lo preparó para eso.

La parte que no da tanta risa

El experimento mental tiene una respuesta bastante clara, y la respuesta dice más de nosotros que de los dinosaurios.

Los animales que solemos imaginar como monstruos eran animales. Comían, criaban, necesitaban espacio y se les podía acabar. Los que sí sobrevivieron al asteroide —las aves, que técnicamente son dinosaurios— están pasando ahora mismo por lo que le habría pasado al T. rex: menos sitio donde vivir cada año.

Por cierto, el asteroide llegó hace 66 millones de años. Los primeros homínidos aparecieron unos 60 millones de años después. Los Picapiedra mienten por un margen tan grande que si comprimieras esa distancia en un año, el hueco entre el último dinosaurio no aviario y el primer humano ocuparía casi once meses.

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