Ganó los Juegos Olímpicos y se murió sin enterarse
En París 1900 se disparó a palomas vivas, se nadó a favor de la corriente del Sena y hubo carreras de obstáculos dentro del agua. Y varios campeones se fueron a la tumba sin saber que lo eran.

Margaret Abbott tenía veintidós años y estaba en París estudiando arte cuando vio el cartel de un torneo de golf. Nueve hoyos. Se apuntó ella y se apuntó su madre, que también andaba por allí. Firmó 47 golpes, ganó, le dieron un cuenco de porcelana y volvió a casa contando que las francesas se habían presentado a jugar con faldas estrechas y tacones.
Murió en 1955 en Connecticut convencida de que había ganado un torneo cualquiera de octubre.
Era la primera mujer estadounidense campeona olímpica. Nadie se lo dijo nunca. Un historiador tuvo que reconstruirlo décadas después de su muerte, rebuscando en programas de la época, porque en 1900 a nadie se le ocurrió avisar a los participantes de en qué estaban participando.
Unos Juegos escondidos dentro de una feria
El problema no era Margaret. El problema era que aquello, sencillamente, no se anunció como unos Juegos Olímpicos.
París celebraba en 1900 la Exposición Universal, el escaparate donde el mundo enseñaba sus máquinas, sus pabellones y sus escaleras mecánicas. Los organizadores franceses metieron el deporte dentro del programa de la Exposición como una sección más, entre las demostraciones de electricidad y los concursos de ganado. En los folletos oficiales aparecían como concursos internacionales de ejercicios físicos y deporte. La palabra olímpico apenas asomaba.
Pierre de Coubertin, que había resucitado los Juegos cuatro años antes en Atenas, vio cómo su criatura quedaba absorbida por una feria. Años después escribió que fue un milagro que el movimiento olímpico sobreviviera a aquello.
No hubo ceremonia de apertura. No hubo ceremonia de clausura. No hubo, en la mayoría de pruebas, medallas de oro: se repartían copas, trofeos, objetos de arte, dinero. Y todo se estiró desde mayo hasta octubre, cinco meses de competiciones sueltas repartidas por la ciudad.
Con ese montaje, entiendes que un tipo ganara algo un martes por la tarde y no volviera a pensar en ello.
Trescientas palomas
Y ahora la parte que hace que todo el mundo levante la cabeza del móvil.
En el programa había tiro a la paloma. No al plato de arcilla: a la paloma. Viva. Se soltaban aves de verdad y los tiradores les disparaban desde su puesto. Ganaba quien más derribara antes de fallar dos veces.
Se llevó la prueba el belga Léon de Lunden con veintiuna palomas abatidas. Entre todos los participantes murieron cerca de trescientas aves y el campo acabó cubierto de sangre y plumas, con los cadáveres amontonados alrededor de los tiradores. Las crónicas de la época lo describen sin especial escándalo, como quien reseña una tarde entretenida.
Es la única vez en la historia olímpica en la que se mataron animales a propósito como parte de una competición. No se repitió.
Nadar en el Sena (y hacer trampas sin querer)
La natación se disputó en el Sena. En el río. Con su corriente, su barro y su tráfico fluvial.
Los nadadores iban a favor de la corriente, así que los tiempos salieron ridículamente rápidos para la época. El australiano Frederick Lane hizo los 200 metros libres en 2:25,2, una marca que en una piscina normal no se vio hasta bastantes años después. El río nadaba por ellos.
Pero es que además había pruebas que hoy sonarían a programa de televisión de sábado por la noche:
- 200 metros con obstáculos: había que trepar por un poste, pasar por encima de una fila de barcas y luego pasar por debajo de otra. También la ganó Lane, que se fue de París con dos títulos y un caballo de bronce de regalo.
- Natación subacuática: 60 metros buceando, puntuando la distancia recorrida y el tiempo que aguantabas debajo. Ganó el francés Charles Devendeville. Para el público, que no veía absolutamente nada desde la orilla, debió de ser el espectáculo más aburrido jamás organizado.
Y sí, hubo concurso de globos aerostáticos, aunque hoy los historiadores discuten si aquello contaba de verdad como prueba deportiva o era una atracción más de la Exposición. En 1900 la frontera entre las dos cosas era borrosa por diseño.
El maratón que se perdió por París
El maratón se corrió en julio, con un calor asfixiante, por las calles abiertas de la ciudad. Sin cortar el tráfico. Los corredores se cruzaban con carros, con ciclistas y con peatones, y varios se perdieron directamente en el trazado.
El estadounidense Arthur Newton llegó a meta convencido de haber sido el primero: juraba que había adelantado a todo el mundo y que nadie le había pasado. Le dijeron que había quedado quinto. Los dos franceses que subieron al podio, según sus rivales, aparecieron en la línea de meta demasiado frescos y sin una mota de barro, lo cual, con el estado de las calles aquel día, resultaba estadísticamente sospechoso.
La reclamación no llegó a ningún sitio. Entre otras cosas porque no había del todo claro un sitio al que llegar.
El torneo con un espectador
Mi detalle favorito de todos: el croquet. Se organizó un torneo olímpico de croquet y, según las crónicas, acudió a verlo un único espectador de pago, un caballero inglés que se había desplazado desde Niza.
Uno. Vino desde la Costa Azul. Vio croquet.
También hubo un solo partido de críquet, entre un equipo británico y uno francés compuesto casi entero por ingleses que vivían en París. Ganaron los primeros. Ninguno de los veinticuatro jugadores supo jamás que había disputado una final olímpica.
Lo mejor es que ese desorden sigue vivo. El Comité Olímpico Internacional pasó décadas intentando reconstruir a posteriori qué pruebas de París 1900 contaban y cuáles eran simple animación de feria, y todavía hoy las listas oficiales no coinciden del todo con las que manejan los historiadores. Hay campeones olímpicos de 1900 que llevan un siglo entrando y saliendo del palmarés según quién actualice la tabla.
A Margaret Abbott le dieron un cuenco de porcelana.