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La falta de Roberto Carlos tardó trece años en tener ecuación

En 1997 el balón salió fuera del campo y volvió a entrar por la escuadra. En 2010, cuatro físicos franceses publicaron la ecuación que lo describe y, de paso, explicaron por qué esa falta no se puede repetir desde el borde del área.

La falta de Roberto Carlos tardó trece años en tener ecuación

Detrás de la portería del Stade de Gerland había un recogepelotas. Cuando Roberto Carlos golpeó, el chaval se apartó: el balón iba hacia él. Segundo y medio después el balón estaba dentro de la red y Fabien Barthez seguía plantado, mirando hacia la banda con cara de estar esperando otro autobús.

3 de junio de 1997, Torneo de Francia, Brasil contra los anfitriones. Una falta a unos treinta y cinco metros, un pie izquierdo que pegó al balón por fuera con toda la pierna, y una trayectoria que durante trece años se contó en los bares como una anécdota y no como un problema de física.

Porque el debate de entonces era el equivocado. Todo el mundo preguntaba si lo había hecho a propósito. La pregunta buena era otra: cómo demonios vuelve un balón que ya iba fuera.

Magnus explica la curva, pero no el bumerán

La respuesta corta es el efecto Magnus, y la respuesta corta se queda coja.

Un balón que gira sobre sí mismo arrastra el aire de su alrededor. Por un lado del balón el aire va con el giro y por el otro va en contra, se genera una diferencia de presión y aparece una fuerza lateral. Lo describió Heinrich Gustav Magnus en 1852, y no pensando en fútbol sino en por qué las balas de artillería se desviaban de donde apuntaban los cañones. Antes que él, en 1672, un Isaac Newton de veintinueve años ya había escrito que las pelotas de tenis cortadas describían una línea curva en el aire. Los porteros llegaron tarde a esa conversación por unos tres siglos.

El problema es que el efecto Magnus, tal cual, produce un plátano. Una curva suave, constante, la que ves en cualquier córner bien puesto. Lo de Lyon fue otra cosa: el balón siguió casi recto un buen rato y después se cerró de golpe, cada vez más, como si alguien tirara de él con una cuerda.

Trece años y una pecera

En septiembre de 2010, cuatro investigadores franceses —Guillaume Dupeux, Anne Le Goff, David Quéré y Christophe Clanet, entre la École Polytechnique y la ESPCI— publicaron en New Journal of Physics un artículo titulado The spinning ball spiral. La espiral del balón que gira.

Su método tiene su gracia. Para ver la trayectoria completa de un balón haría falta un campo larguísimo y una cámara imposible, así que hicieron trampa con el medio: dispararon bolitas de plástico con efecto dentro de un tanque de agua. El agua es unas ochocientas veces más densa que el aire, de modo que todo lo que a un balón le cuesta cincuenta metros a una bolita le cuesta unos centímetros. La física es la misma, la escala no. La espiral entera les cabía en un acuario de laboratorio.

Y lo que salió filmado fue exactamente eso: una espiral que se va cerrando.

La clave es que el balón se cansa antes de dejar de girar

Aquí está el giro del asunto, nunca mejor dicho.

La fuerza lateral que desvía el balón depende de su velocidad y de su rotación. El rozamiento del aire frena la velocidad de traslación bastante deprisa. La rotación, en cambio, apenas se pierde durante el vuelo. Resultado: llega un momento en que tienes un balón lento girando casi tan rápido como al principio.

Y un balón lento se deja empujar mucho más. El radio de la curva no se mantiene: se encoge.

  • Al principio: mucha velocidad, la desviación existe pero es un matiz. El balón parece que se va fuera.
  • En el tramo medio: la velocidad ha bajado, el giro sigue intacto, la curva empieza a apretar.
  • Al final: radio mínimo. Ahí es donde el balón entra por la escuadra y el portero descubre que llevaba dos segundos mirando el sitio equivocado.

Lo contraintuitivo es esto: uno esperaría que el efecto se fuera apagando conforme el balón pierde fuerza. Pasa lo contrario. Cuanto más muerto va el balón, más cerrada es la curva.

Los metros que casi nadie tiene

De las ecuaciones sale una distancia característica, la que marca cuánto tiene que volar el balón para que el desvío pase de detalle a espectáculo. Para un balón de fútbol reglamentario esa distancia ronda los cincuenta metros.

Roberto Carlos golpeó desde unos treinta y cinco. Justo en la zona donde la espiral ya se nota y el balón todavía llega con veneno. Un metro cuadrado de campo, más o menos, con la ventana abierta.

Por eso la falta del borde del área no puede salir así. A dieciocho metros el balón no tiene tiempo de frenar lo suficiente antes de llegar a la portería: viaja rápido todo el trayecto y la curva se queda en plátano de manual. Puedes pegarle con la misma técnica, la misma pierna y el mismo odio, y saldrá una falta buena, no la de Lyon. La geometría no da para más.

La cuenta funciona en los dos sentidos, además. Aplicada a una pelota de tenis de mesa, que pesa menos de tres gramos, esa distancia característica baja a unos pocos metros: por eso en el ping-pong las trayectorias imposibles son cotidianas y en el fútbol pasan una vez cada década.

El mismo grupo de físicos siguió con el tema y años después publicó por qué el volante de bádminton se da la vuelta solo en el aire. Lo que todavía no ha explicado nadie es por qué Barthez no se movió.

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