El autómata que ganó a Napoleón llevaba un hombre dentro
En 1770 un funcionario húngaro construyó una máquina que jugaba al ajedrez y engañó a media Europa durante 84 años. El truco tenía nombre, apellidos y dolor de espalda. Y sigue funcionando hoy.

Viena, 1809. Napoleón acaba de arrasar Austria y se instala en el palacio de Schönbrunn como quien se muda a un hotel que le ha gustado. Le han hablado de una atracción que hay por allí: un muñeco de madera con turbante que juega al ajedrez y gana. El Emperador quiere probar.
Se sienta. Mueve. Y según la versión que se contó durante décadas, intenta una jugada ilegal para ver qué pasa. El autómata levanta el brazo, devuelve la pieza a su sitio y espera. Napoleón lo intenta otra vez. El autómata barre el tablero de un manotazo.
Napoleón perdió la partida. Lo que no supo nunca es que había perdido contra un señor doblado dentro de un armario.
Un mueble, un turbante y una mentira de 84 años
El invento era de Wolfgang von Kempelen, funcionario del imperio de los Habsburgo y trasteador compulsivo. En 1770 asistió en la corte de María Teresa a un espectáculo de ilusionismo francés y salió de allí diciendo que él podía hacer algo mejor. Le dieron seis meses. Volvió con esto: un mueble de madera con puertas, un tablero encima y, sentada al otro lado, una figura de tamaño natural vestida a la turca.
El Turco, lo llamaron. Y aquí está lo bueno del truco: Kempelen empezaba cada exhibición abriendo las puertas del mueble una por una, de izquierda a derecha, enseñando al público un bosque de engranajes, ruedas dentadas y palancas. Miren ustedes. No hay nadie. Después cerraba, daba cuerda con una manivela grande y ruidosa, y la cosa empezaba a jugar.
Dentro había un ajedrecista.
El mecanismo real era una obra maestra de carpintería más que de ingeniería. Un asiento deslizante permitía al operador moverse de un compartimento a otro mientras se abrían las puertas, siempre por detrás de la parte que en ese momento estaba a la vista. Los engranajes eran decorativos en buena parte: ocupaban espacio y hacían ruido, que era exactamente su función.
Para jugar a ciegas dentro de una caja, Kempelen resolvió el problema con imanes. Cada pieza llevaba uno debajo. En el techo del compartimento, unos discos metálicos colgando de hilos subían o bajaban según se levantaba o se posaba una pieza arriba. El hombre de dentro veía el tablero replicado sobre su cabeza, movía en su propio tablerito y accionaba un pantógrafo que guiaba el brazo del muñeco hasta la casilla exacta. Y la vela con la que se alumbraba: el humo salía disimulado por el turbante.
Los currantes invisibles
El Turco tuvo una plantilla. Nunca sabremos la lista completa, pero se conocen nombres: Johann Allgaier, uno de los mejores jugadores de Viena de su época y muy probablemente el que humilló a Napoleón; el francés Jacques Mouret, que acabó vendiendo el secreto a un periódico; el alsaciano William Schlumberger, que lo operó durante la gira americana hasta morir de fiebre amarilla en Cuba en 1838.
Eran ajedrecistas de primer nivel metidos en un cajón, a oscuras, con una vela, durante horas. Cobrando lo justo por que nadie supiera que existían.
Mientras tanto, arriba, el espectáculo. Benjamin Franklin jugó contra el Turco en París hacia 1783, con setenta y muchos años y de embajador de un país recién inventado. Se dice que perdió, aunque de esa partida no queda registro fiable. Edgar Allan Poe le dedicó en 1836 un ensayo entero demostrando que dentro tenía que haber una persona; acertó en la conclusión y falló en la mitad de los razonamientos, muy Poe todo.
La máquina pasó de Kempelen a Johann Nepomuk Mälzel (el mismo que popularizó el metrónomo, por cierto) y de ahí a Estados Unidos. Terminó arrinconada en un museo de Filadelfia, donde se quemó en un incendio en julio de 1854. Ochenta y cuatro años de carrera. Nadie confesó del todo hasta que ya daba igual.
El giro que da miedo
Adelantamos 143 años desde Napoleón. En 1997, Deep Blue gana a Gary Kaspárov en Nueva York y esta vez sí: dentro solo hay silicio. Fin de la historia, el chiste del hombre en el armario ya es folclore.
Pues no.
En 2005 Amazon lanza una plataforma para que las empresas coloquen microtareas que los ordenadores hacen fatal —describir una foto, decidir si dos fichas de producto son la misma cosa, transcribir un recibo— y que gente de cualquier parte del mundo resuelve por céntimos. ¿El nombre elegido? Mechanical Turk. Jeff Bezos la describió como «inteligencia artificial artificial». Lo dijo él, con esa gracia, y no lo estaba escondiendo: lo estaba usando de eslogan.
Y ahí sigue el mueble. Los modelos de lenguaje que hoy te escriben un correo aprenden en buena parte gracias a personas que etiquetan datos, puntúan respuestas y marcan qué contenido es tóxico. En enero de 2023, la revista Time publicó una investigación sobre trabajadores en Kenia, subcontratados a través de la empresa Sama, que revisaban material extremadamente desagradable para ayudar a filtrar las respuestas de ChatGPT. Cobraban menos de dos dólares la hora.
Kempelen abría las puertas del armario para demostrar que no había nadie dentro. Doscientos cincuenta y tantos años después, seguimos abriendo las puertas y aplaudiendo los engranajes.
Bezos ya nos avisó del nombre del truco. Le puso hasta placa.