Conversaciones alrededor del fuego y el origen de las historias: de noche, el 81 % eran cuentos
Conversaciones alrededor del fuego y el origen de las historias: la antropóloga Polly Wiessner grabó en 1974 lo que hablaban los ju/'hoansi de día y de noche. De día, quejas y negocios. Junto al fuego, el 81 % de las charlas largas eran historias.

Conversaciones alrededor del fuego y el origen de las historias: si alguna vez te has preguntado por qué una anécdota contada a la una de la madrugada parece diez veces mejor que a mediodía, una antropóloga tiene datos para ti. Y no son de una encuesta online. Son de 1974, de una grabadora y de un desierto.
Te pongo en situación.
Una grabadora en el Kalahari
Polly Wiessner, antropóloga de la Universidad de Utah, pasó los meses de julio, agosto y noviembre de 1974 con los ju/’hoansi en /Kae/kae y Dobe, en el noroeste de Botsuana. Mientras estudiaba otras cosas, fue apuntando de qué hablaba la gente. De día y de noche. Reunió 174 conversaciones.
Cuarenta años después volvió a esas notas, las completó con 68 historias contadas junto al fuego que grabó y tradujo entre 2011 y 2013, y lo publicó en 2014 en PNAS con un título precioso: «Embers of society», las brasas de la sociedad.
De día se habla de dinero y de quién no comparte
Los números de las conversaciones diurnas te van a sonar de cualquier oficina:
- 34 %: quejas, críticas y cotilleo.
- 31 %: asuntos económicos (quién cazó qué, dónde hay agua, quién debe qué a quién).
- 16 %: bromas.
Las historias, de día, casi ni aparecen. (Vamos, que el corrillo de la máquina de café no lo inventamos nosotros.)
Las conversaciones alrededor del fuego y el origen de las historias
Y entonces se pone el sol. Las conversaciones largas en grupo que Wiessner registró de noche eran historias en un 81 %. Las quejas y los negocios casi desaparecían. Se cantaba, se bailaba, había ceremonias, y sobre todo se contaban cosas.
Lo más curioso es de qué iban. Muchas historias eran sobre gente conocida: el pariente de un campamento lejano, la vez que alguien se perdió, el matrimonio que salió mal. Wiessner sostiene que esas noches servían para algo muy serio: enseñar cómo funcionaban las instituciones en una sociedad sin escuelas, mantener el contacto con gente que no veías nunca (una especie de red social a pilas de leña) y ponerse en la cabeza de otros. Entender que Fulano pensaba que Mengana creía que… Ese ejercicio mental se entrena escuchando historias.
El fuego, en resumen, regalaba unas horas extra al día que no servían para cazar ni recolectar. Y esas horas se dedicaban a la cultura.
El «pequeño día» de las dos de la madrugada
Un detalle que se queda en las notas: hacia las dos de la madrugada, lo que los ju/’hoansi llamaban «el pequeño día», algunos adultos se despertaban, fumaban y avivaban el fuego. El turno de noche de la tribu.
Otras pistas de gente con tiempo libre
Los ju/’hoansi del siglo XX no son una máquina del tiempo, pero la arqueología deja pistas de que lo de dedicar horas a cosas que no se comen viene de muy atrás:
- En la cueva de Blombos, en Sudáfrica, aparecieron conchas de caracol marino perforadas para ensartarlas como cuentas, de unos 75.000 años.
- En Hohle Fels, en el sur de Alemania, se excavó en 2008 una flauta hecha con un hueso de buitre leonado, con cinco agujeros y más de 35.000 años.
Alguien se sentó a perforar conchas una a una. Alguien aprendió a tocar una flauta. No es descabellado imaginar que fuera a la luz de un fuego.
La pregunta incómoda del final
El artículo de Wiessner acaba con una duda que en 2014 sonaba académica y hoy suena a diagnóstico: qué pasa cuando la luz artificial convierte esas horas improductivas de la noche en horas productivas. Traducido: correos a las once, series en el móvil, cada uno en su pantalla.
El tema ha vuelto a circular gracias a un vídeo de Ink Explainer con más de diez millones de visitas que cita el estudio. Diez millones de reproducciones, casi todas, imagino, de noche y a solas con el móvil.