Cinco leyes con nombre propio, y dos llevan el apellido equivocado
Betteridge, Brandolini, Cunningham, Segal y Hutber. Cinco reglas que explican por qué internet es como es, y el detalle de que dos de ellas están mal atribuidas desde hace décadas.

Dos de las cinco leyes que te vamos a contar no son de quien dicen que son. Una lleva mal el apellido desde 1930 y otra la inventó un tipo distinto del que le da nombre. Y aun así funcionan todas.
1. Si el titular acaba en interrogación, la respuesta es no
Se llama ley de Betteridge, por el periodista tecnológico británico Ian Betteridge, que la escribió en 2009.
El razonamiento es de una economía perfecta: si el periodista tuviera la prueba de lo que insinúa, lo afirmaría. La pregunta es lo que queda cuando no hay pruebas pero sí ganas de publicar. «¿Está el iPhone acabado?» No. «¿Ha encontrado la ciencia la cura del envejecimiento?» No.
Pruébalo mañana con tu periódico. Es de esas cosas que, una vez vistas, ya no se pueden dejar de ver.
2. Desmontar una tontería cuesta diez veces más que soltarla
Ley de Brandolini, o principio de asimetría de la estupidez. La formuló el programador italiano Alberto Brandolini en un tuit de 2013: la energía necesaria para refutar una tontería es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirla.
Un orden de magnitud es diez veces. Diez.
Suéltala: cinco segundos y una frase. Desmóntala: buscar la fuente, leerla, comprobar el contexto, explicar por qué el dato no dice lo que parece decir, y hacerlo sin aburrir a nadie por el camino. Media tarde, con suerte.
Ahí está la explicación económica de por qué internet está como está. No hace falta mala fe en nadie: basta con que producir salga diez veces más barato que corregir.
3. Para que te respondan, equivócate
Ley de Cunningham: la mejor forma de obtener la respuesta correcta en internet no es preguntar, es publicar la respuesta equivocada.
Nadie corre a ayudarte. Todo el mundo corre a corregirte.
Y aquí viene el primer apellido en discusión. La ley lleva el nombre de Ward Cunningham, el programador que construyó el primer wiki, pero no la acuñó él: la puso en circulación Steven McGeady, que se la atribuyó contando un consejo que Cunningham le dio a principios de los ochenta, cuando aquello iba de Usenet y no de la web.
O sea que la ley sobre la propagación de respuestas equivocadas viaja ella misma con una atribución inexacta. (Alguien debería escribir una ley sobre esto.)
4. El que tiene dos relojes nunca está seguro
El que tiene un reloj sabe qué hora es. El que tiene dos, no está seguro de nada.
Es la mejor descripción corta de por qué acumular fuentes no siempre da claridad. Dos paneles de analítica que no cuadran, dos médicos con opiniones distintas, dos aplicaciones del tiempo: el resultado no es el doble de información, es la parálisis.
Y el apellido, otra vez. Se la conoce como ley de Segal, pero el San Diego Union la publicó el 20 de septiembre de 1930. Luego se le atribuyó por error a Lee Segall, un locutor de radio, y más tarde Arthur Bloch la citó mal y le quitó una ele. La ley sobre la confusión que causan dos fuentes distintas se ha transmitido durante casi un siglo con la fuente equivocada.
5. Toda mejora esconde un empeoramiento
Ley de Hutber, por Patrick Hutber, que fue redactor jefe de economía del Sunday Telegraph entre 1966 y 1979. La enunció en los setenta y dice exactamente eso: improvement means deterioration.
Las reformas del banco que quitan la ventanilla. La aplicación rediseñada donde ya no encuentras el botón que usabas. El envase «más sostenible» que trae menos producto por el mismo precio. La mejora existe, sí, pero para otro.
La versión útil de esta ley no es la del cínico. Es una pregunta que se hace cada vez que algo se vuelve más cómodo: ¿a cambio de qué? Casi siempre hay respuesta, y casi nunca está en el anuncio.
El remate
Júntalas y sale un manual pequeño y bastante completo para leer internet: desconfía del titular con interrogación, asume que corregir cuesta diez veces más que mentir, equivócate en voz alta si quieres que te enseñen, no acumules relojes y pregunta siempre qué pierdes cuando algo mejora.
Y guarda una sexta por tu cuenta: cuando una idea lleva un apellido, comprueba el apellido. Dos de cinco iban mal.