Los dos últimos del mundo jugaron su propia final
El 30 de junio de 2002, mientras Brasil y Alemania se jugaban el Mundial en Yokohama, los puestos 202 y 203 del ranking FIFA se citaron en Timbu a 2.300 metros de altura. La idea fue de un publicista holandés aburrido.

Los jugadores de Montserrat llevaban cuatro días viajando. Habían salido de una isla del Caribe con más ceniza volcánica que habitantes, habían hecho escala en Antigua, luego Londres, luego la India, y al final habían aterrizado en Paro, el único aeropuerto de Bután, una pista encajada entre montañas donde solo un puñado de pilotos en el mundo tiene permiso para aterrizar. Después, hora y media de carretera hasta Timbu.
Bajaron del autobús a 2.300 metros de altitud. Al día siguiente jugaban un partido.
La idea de un publicista aburrido
Todo esto existe por culpa de Johan Kramer, un creativo publicitario holandés que en 2002 tuvo un problema muy concreto: Holanda no se había clasificado para el Mundial. Sin selección a la que animar, se puso a mirar el ranking FIFA por el otro extremo, el que nadie mira, y encontró dos nombres al fondo de la lista.
Puesto 202: Bután. Puesto 203: Montserrat. Los dos últimos del planeta.
Kramer pensó lo que habría pensado cualquiera de nosotros a las dos de la mañana, con la diferencia de que él lo hizo: llamarlos y proponerles jugar su propia final el mismo día que la de verdad. Y los dos dijeron que sí.
Bután era un país que acababa de descubrir la televisión. El gobierno la había legalizado en 1999, junto con internet, siendo probablemente el último país del mundo en hacerlo. Su federación se había incorporado a la FIFA en 2000. Llevaban dos años dentro del club.
Montserrat venía de algo bastante peor. En 1995 el volcán Soufrière Hills se había despertado después de siglos dormido y había sepultado Plymouth, la capital, bajo metros de ceniza y barro. Dos tercios de la isla quedaron inhabitables. La población pasó de unos once mil habitantes a unos cuatro mil. La selección jugaba sus partidos «en casa» en Antigua, porque en casa ya no había sitio donde jugar.
De ahí salió el rival.
Lo que le pasa a un balón a 2.300 metros
El 30 de junio de 2002 el estadio Changlimithang de Timbu estaba lleno. Monjes budistas en las gradas, banderas, y un equipo caribeño intentando entender por qué no le llegaba el aire.
La altitud no es un detalle poético, es física. A 2.300 metros el aire es notablemente menos denso: hay menos oxígeno por respiración y también menos resistencia contra el balón. Un saque de portería que en el Caribe muere en el centro del campo, allí sigue viajando. Los disparos van más rápidos y bajan menos de lo que el portero espera. Los jugadores de Montserrat, además de sin fuelle, se pasaron el partido calculando mal distancias que llevaban toda la vida calculando bien.
Bután ganó 4-0.
No hubo drama. Nadie protestó al árbitro ni se tiró al suelo pidiendo una falta. Los dos equipos dieron la vuelta al campo juntos, y el trofeo —esto es lo mejor— se cortó por la mitad para que cada federación se llevara su parte a casa. Media copa para el Himalaya, media copa para el Caribe.
A miles de kilómetros, en Yokohama, Brasil le ganaba 2-0 a Alemania y Ronaldo se convertía en el hombre del año. De aquel partido nos acordamos todos. Del otro salió un documental, The Other Final, que es de esas cosas que ves un martes por la noche sin esperar nada y acabas mandándosela a tres personas.
Qué fue de los últimos
Aquí viene la parte que casi nadie cuenta, porque la historia suele terminar en el pitido final.
Bután pasó trece años más siendo el saco de todo el mundo hasta que en marzo de 2015 hizo algo que nadie tenía en las apuestas: eliminó a Sri Lanka en la primera ronda de clasificación para el Mundial de 2018, ganando en Colombo y en Timbu. Fue la primera vez en su historia que superaba una eliminatoria mundialista. El país entero se volvió loco y durante unas semanas el equipo peor clasificado de la Tierra fue portada en medios que jamás habían escrito la palabra «Bután» junto a la palabra «fútbol».
Montserrat tardó más, pero también salió del pozo. Con la creación de la Liga de Naciones de la Concacaf empezó a jugar partidos oficiales de verdad, contra rivales de su tamaño, en vez de aparecer cada cuatro años para recibir una goleada y desaparecer. Ganó partidos. Subió. Alcanzó su mejor posición histórica en el ranking, muy lejos del fondo donde los encontró Kramer.
Ninguno de los dos está hoy en el último puesto. Ese sitio lleva años cambiando de dueño entre selecciones europeas diminutas y microestados del Pacífico, y hasta la propia FIFA cambió las reglas: desde 2018 el ranking se calcula con una fórmula de tipo Elo, la misma familia de sistemas que se inventó para clasificar jugadores de ajedrez y que hoy se usa para medir desde tenistas hasta modelos de inteligencia artificial. Los números que decidieron aquel partido ya ni se calculan igual.
El detalle que no sale en el documental
Cuando Kramer llamó a las dos federaciones, ninguna de las dos tenía un motivo obvio para decir que sí. Bután no ganaba nada; Montserrat tenía que cruzar medio planeta con jugadores semiprofesionales que se pagaban los días libres. Aceptaron porque nadie les había propuesto nunca nada.
Ese es el resumen de estar en el puesto 202 de una lista de 203: no que pierdas, sino que no te llame nadie.
Y hay un último dato para la sobremesa. Aquel día, mientras el mundo entero veía el mismo partido en Yokohama, en Timbu se jugó otro que también terminó con dos equipos abrazados y un trofeo levantado. Solo que ese trofeo estaba partido en dos, y las dos mitades siguen a nueve mil kilómetros la una de la otra.