La carta más cara de la historia cabía en un párrafo y decía que aquello no tenía aplicación práctica
1976, Reino Unido. Un organismo público decide no patentar una técnica de laboratorio. Hoy esa técnica mueve casi 300.000 millones de dólares al año.

Imagínate que te ponen delante el invento y te dejan decidir. No tienes que pagar nada, no tienes que entender la química, solo tienes que decir sí o no a registrarlo. Dices que no. Y cincuenta años después resulta que eso que rechazaste mueve cerca de 300.000 millones de dólares al año.
Le pasó a un organismo británico en 1976, y la parte buena de la historia es que no fueron unos inútiles. Fueron razonables. Ese es el detalle que la convierte en algo más que una anécdota de oficina.
Primero, qué había encima de la mesa
En 1975, en Cambridge, César Milstein y Georges Köhler habían conseguido fusionar una célula inmunitaria con una célula tumoral. La primera sabe fabricar un anticuerpo concreto pero se muere enseguida; la segunda no sirve para nada pero es inmortal. Junta las dos y tienes una fábrica que no se apaga: anticuerpos idénticos, del tipo que tú elijas, los que quieras.
Hasta ese día, conseguir anticuerpos era sangrar animales y quedarte con una mezcla sucia y distinta en cada tanda.
Y entonces llegó la carta
El laboratorio era público, así que el asunto pasó al organismo que entonces se encargaba de sacarle rendimiento comercial a la ciencia británica. Su respuesta, en 1976, venía a decir que les costaba identificar ninguna aplicación práctica inmediata que se pudiera perseguir como negocio.
Ponte en 1976. ¿Qué era un anticuerpo monoclonal entonces? Un reactivo. Una cosa de laboratorio que servía para experimentos de laboratorio. No existía el test de embarazo de farmacia, no existía un solo medicamento hecho con ellos, no existía nada de lo que hoy hace obvia la respuesta. Pedirle a un funcionario de 1976 que viera eso es pedirle que adivinara veinte años de biotecnología.
Lo que ya no tenía arreglo
Aquí está el golpe: aunque hubieran dicho que sí, ya era tarde. El método se había publicado en Nature el 7 de agosto de 1975, con instrucciones. Y una vez publicado, se acabó: casi ningún país deja patentar algo que cualquiera puede leer en una revista.
O sea que la decisión que todo el mundo recuerda como el gran error llegó cuando la puerta llevaba meses cerrada.
La factura, por si quieres el número
El mercado de anticuerpos monoclonales anda hoy entre los 265.000 y los 300.000 millones de dólares al año. El medicamento más vendido del planeta es uno de ellos: Keytruda, unos 29.500 millones de dólares solo en 2024. Un producto, un año, más que el presupuesto de bastantes ministerios.
En Reino Unido aquello acabó en escándalo político. Thatcher se puso furiosa al ver la técnica explotada en Estados Unidos, y de ahí salió un rediseño entero de cómo se protege allí lo que sale de los laboratorios públicos.
Y el señor que lo inventó, ¿qué hizo?
Milstein se dedicó a mandar sus células por correo a quien se las pidiera, gratis, a laboratorios de medio mundo. Le parecía que una herramienta así tenía que circular. En 1984 le dieron el Nobel junto a Köhler y a Niels Kaj Jerne.
Era argentino, de Bahía Blanca. Había vuelto a su país a montar un laboratorio y se marchó en 1963, después de que un golpe militar se llevara por delante al director de su instituto.
Así que la próxima vez que veas una prueba de embarazo en una farmacia, acuérdate: eso sale de una célula que un señor regalaba por correo porque nadie quiso registrarla.