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¿Cuál es el sonido más fuerte que se ha oído en la Tierra?

El Krakatoa, el 27 de agosto de 1883: se oyó a 4.800 kilómetros, marcó 172 decibelios en un barómetro a 160 km y su onda de presión dio siete pasadas alrededor del planeta. Por qué ningún ruido puede pasar de 194 decibelios en el aire.

¿Cuál es el sonido más fuerte que se ha oído en la Tierra?

La erupción del Krakatoa, el 27 de agosto de 1883. Se oyó en la isla Rodrigues, en pleno océano Índico, a 4.800 kilómetros del volcán. Un barómetro situado a 160 km registró una subida de presión equivalente a unos 172 decibelios, y la onda dio siete pasadas alrededor del planeta. Es el sonido más lejano jamás documentado.

Y no hay debate serio sobre el segundo puesto: no le llega ninguno de cerca.

¿A qué distancia se oyó exactamente?

A 4.800 kilómetros. El jefe de policía de Rodrigues, una isla diminuta al este de Mauricio, dejó por escrito que había oído lo que parecía el retumbar lejano de artillería pesada llegando desde el este. Estaba anotando la explosión de un volcán indonesio que ni sabía que existía.

Para hacerse una idea: 4.800 kilómetros es casi una octava parte del perímetro terrestre. Es como salir de Madrid rumbo a Nueva York y quedarte a mil kilómetros de la costa americana. El sonido, viajando a algo más de 1.200 km/h, tardó unas cuatro horas en llegar. Cuando aquel policía escribió su nota, el Krakatoa llevaba media mañana sin existir.

No fue el único sitio. El estruendo se escuchó también en Australia central y en Perth, y el informe que la Royal Society publicó en 1888 recopiló testimonios de una zona que cubre alrededor del 8 % de la superficie del planeta.

¿Cuántos decibelios fueron?

La cifra que se repite, 172 decibelios, no la midió nadie con un micrófono: se deduce de un barómetro. En la fábrica de gas de Batavia (hoy Yakarta), a unos 160 kilómetros del volcán, el instrumento registró un salto de presión brutal y luego se salió de escala. Convertida esa presión a decibelios, salen esos 172 dB a 160 kilómetros de distancia.

Ahí está el detalle que casi siempre se cuenta mal. 172 dB no es lo que sonó el volcán: es lo que quedaba de él tras 160 km de aire. En el origen, la cifra es imposible de calcular con precisión, entre otras cosas porque a esas intensidades el aire deja de comportarse como un medio que transporta sonido.

A 64 kilómetros navegaba el Norham Castle, un barco británico. Su capitán anotó que a media tripulación le habían reventado los tímpanos y que estaba convencido de que había llegado el Juicio Final. A esa distancia el ruido de una explosión ya no se oye: se recibe.

¿Cómo se compara con los ruidos que conocemos?

Fuente Decibelios (en aire) Referencia
Conversación normal 60 dB a 1 metro
Concierto de rock 110-120 dB cerca del escenario
Umbral del dolor ~130 dB oído humano
Motor a reacción ~140 dB a 30 metros
Krakatoa ~172 dB a 160 kilómetros
Límite físico del sonido ~194 dB aire a nivel del mar

La escala es logarítmica, y eso destroza cualquier intuición. Cada 10 decibelios multiplican por diez la potencia. Entre los 140 dB de un reactor y los 172 dB del Krakatoa medidos a 160 km hay un factor de más de 1.500. Y el reactor lo tenías a 30 metros.

¿De verdad dio siete vueltas al mundo?

Sí, y esta es la parte que se puede comprobar en papel. La onda de presión quedó registrada en barómetros de media Europa y de América durante los cinco días siguientes, con picos que se repetían a intervalos regulares. Los observatorios anotaban una anomalía sin saber qué la causaba, hasta que alguien cruzó los horarios.

Los frentes salieron del volcán en todas direcciones, se encontraron en el punto antípoda, siguieron viaje y volvieron a converger sobre Indonesia. Ese ir y venir se detectó siete veces antes de que la señal se perdiera entre el ruido de fondo de la atmósfera. Un mismo golpe de presión, dando vueltas al planeta durante casi una semana.

¿Por qué no puede existir un sonido de 300 decibelios?

Porque el sonido es una alternancia de compresiones y descompresiones del aire. En la parte comprimida la presión sube; en la otra, baja. Y la presión no puede bajar de cero: no existe menos vacío que el vacío.

A nivel del mar, ese tope llega alrededor de los 194 decibelios. A partir de ahí no hay más margen para que la onda oscile: lo que se propaga ya es un frente de choque, una pared de aire comprimido que empuja hacia delante en lugar de vibrar. Es la diferencia entre oír un disparo y estar dentro de la explosión.

Todo lo que supera esa cifra existe, pero no como sonido. La Bomba del Zar soviética o el despegue de un Saturno V se describen a veces con números de 200 y pico decibelios, y son extrapolaciones que se usan por comodidad: cerca del foco eso ya es una onda de choque.

¿Y los récords bajo el agua no cuentan?

Cuentan en otra liga. Los decibelios acuáticos usan una presión de referencia distinta a la del aire, así que las cifras no se pueden comparar de forma directa: hay que restar del orden de 60 dB para traducirlas. Cuando lees que una ballena azul alcanza 188 dB, en aire equivaldría a bastante menos.

Por eso el camarón pistola, que genera una burbuja de cavitación al cerrar la pinza y roza los 200 dB bajo el agua, no le quita el récord a nadie. Ni siquiera está midiéndose lo mismo.

Un último apunte de aquel 27 de agosto: la isla desapareció. De los 800 metros de altura del Krakatoa quedó un agujero bajo el mar, y las olas que provocó el derrumbe mataron a unas 36.000 personas. Los tsunamis se registraron hasta en el canal de la Mancha. El ruido, con ser el mayor del que hay constancia, fue la parte anecdótica.

La ficha completa del volcán, con la cronología de las erupciones, está en el Global Volcanism Program del Smithsonian. Sigue activo, por cierto: en 1927 empezó a asomar un cono nuevo en el mismo sitio, el Anak Krakatau, el hijo del Krakatoa.

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