Le dijeron que era una torcedura de cuello
Bert Trautmann acabó la final de Copa de 1956 sin saber que tenía cinco vértebras destrozadas. Y esa ni siquiera es la parte más rara de su historia.

Quedaban diecisiete minutos en Wembley. El delantero del Birmingham, Peter Murphy, se plantó solo delante del portero del Manchester City y el portero hizo lo que hacen los porteros: tirarse de cabeza a los pies del contrario. La rodilla de Murphy le entró en el cuello.
El tío se levantó mareado, con la cabeza torcida hacia un lado, y siguió jugando.
No es que aguantara ahí de pie haciendo bulto. Le hizo dos paradas más al Birmingham. En 1956 no había cambios: si el portero se caía, se ponía bajo palos un defensa y adiós final. Así que se quedó, el City ganó 3-1 y él subió los escalones del palco a por su medalla sujetándose el cuello con la mano. Quien se la entregó le comentó que lo llevaba torcido.
Esa noche fue a la cena del club. Al día siguiente pasó por un hospital de Londres y le dijeron que era una torcedura, una mala postura, cosas del cuello. Tres días después, ya en Manchester, alguien insistió en hacerle una radiografía.
Cinco vértebras dañadas. La segunda partida en dos. Y un detalle que da escalofríos: la tercera se había encajado contra la segunda y la había bloqueado. Ese trozo de hueso mal puesto fue lo que impidió que el cuello terminara de romperse mientras él seguía volando de palo a palo.
Y ahora la parte que casi nadie cuenta
El portero se llamaba Bernhard Carl Trautmann. Bert, para los ingleses. Nacido en Bremen en 1923.
Siete años antes de aquella final no estaba parando balones: estaba en un campo de prisioneros en Lancashire. Trautmann había sido paracaidista de la Luftwaffe, había combatido en el frente del Este, le habían dado la Cruz de Hierro de primera clase y lo capturaron los británicos en 1945.
Cuando terminó su cautiverio y le tocaba volver a Alemania, dijo que no. Se quedó en Inglaterra, se puso a trabajar y empezó a jugar de portero en el St Helens Town, un equipo de barrio. Ahí lo fichó el Manchester City en octubre de 1949.
Imagínate la escena. Cuatro años después de la guerra. Un club inglés anuncia que su portero titular va a ser un exparacaidista alemán, y encima sustituyendo a Frank Swift, que era una leyenda del club y del país.
Manchester ardió. Hubo manifestaciones, cartas, boicots anunciados, socios devolviendo el carné. Se habla de unas 20.000 personas movilizándose contra el fichaje. La ciudad tenía una comunidad judía grande y el rechazo era, digamos, comprensible.
Y entonces pasó algo que no estaba en el guion. El rabino de la comunidad, Alexander Altmann, publicó una nota pidiendo que no se boicoteara al jugador. El argumento, resumido: por muy terribles que fueran las crueldades sufridas a manos de los alemanes, no se castiga a un individuo que no tiene nada que ver con esos crímenes solo por odio.
Aquello desactivó la bomba. No de golpe: Trautmann se pasó las primeras temporadas escuchando insultos en cada campo visitante, cerdo nazi arriba, cerdo nazi abajo. Su respuesta fue no responder. Parar balones y no responder.
Lo que pasó entre 1949 y 1956
Fue ganándoselos partido a partido. El punto de inflexión suele situarse en un desplazamiento a Londres, contra el Fulham, donde el público empezó abucheándolo y acabó aplaudiéndole al salir del campo.
Unas semanas antes de la final de 1956, los periodistas deportivos ingleses lo eligieron Futbolista del Año. Primer extranjero en ganarlo. Primer portero, también. Un alemán, votado por la prensa británica, once años después de la guerra.
Y luego llegó Wembley, la rodilla de Murphy y las tres semanas de gente diciéndole que se le pasaría con reposo.
Estuvo meses fuera. Volvió. Siguió en el Manchester City hasta 1964 y jugó más de 500 partidos con el club. En su partido de homenaje se juntaron casi 48.000 personas en Maine Road, con jugadores del City y del United mezclados en el mismo equipo.
El epílogo también es raro
Después de retirarse, Trautmann se dedicó a entrenar y a montar federaciones en sitios donde el fútbol alemán no pintaba nada: Birmania, Tanzania, Liberia, Pakistán, Yemen. Trabajó años como una especie de embajador itinerante del fútbol alemán en países que casi nadie tenía en el mapa futbolístico.
En 2004 el Reino Unido le dio la OBE por su papel en el acercamiento entre británicos y alemanes a través del fútbol. Un exparacaidista de la Luftwaffe, condecorado por la Corona británica.
Murió en 2013, con 89 años. En España, en un pueblo de la provincia de Valencia, que es donde acabó viviendo.
La foto que sobrevive de aquel día es la de la vuelta de honor: él con la medalla al cuello y la cabeza inclinada de una forma que no es normal. Durante tres días, todo el mundo que la miró pensó que era el ángulo de la cámara.