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La maratón que ganó un hombre envenenado con estricnina

Saint Louis 1904: 32 corredores salieron, 14 llegaron, el primero en cruzar la meta había hecho medio recorrido en coche y el ganador oficial iba dopado con veneno para ratas. Y lo peor es que aquello era medicina de la época.

La maratón que ganó un hombre envenenado con estricnina

El ganador de la maratón olímpica de 1904 cruzó la meta sostenido por dos hombres, con las piernas moviéndose en el aire porque ya no le respondían, y con dos dosis de estricnina en el cuerpo. Estricnina. Veneno para ratas. Se la habían dado sus propios entrenadores, disuelta en clara de huevo y regada con coñac.

No fue un sabotaje. Fue el plan.

Cómo se organiza la peor carrera de la historia

Saint Louis, 30 de agosto de 1904. Los Juegos Olímpicos iban pegados a la Exposición Universal, así que las pruebas se repartieron por semanas enteras como si fueran atracciones de feria. La maratón se corrió a las tres de la tarde, con unos 32 grados, sobre un recorrido de unos 40 kilómetros de caminos de tierra (los 42,195 metros actuales todavía no existían como distancia oficial: llegarían después de Londres 1908).

El terreno tenía siete colinas. La carretera estaba sin asfaltar. Y por delante y por detrás de los corredores circulaban los coches de los jueces, los entrenadores y los periodistas, levantando una cortina de polvo que los atletas tuvieron que tragar durante horas.

Un corredor de San Francisco, William Garcia, apareció tirado en la cuneta escupiendo sangre. Los médicos calcularon que el polvo le había destrozado el revestimiento del esófago y del estómago. Se salvó por poco.

Y ahora la parte buena: había dos puntos de agua en todo el recorrido. Uno a unos diez kilómetros, otro a mitad de carrera. No por falta de medios, sino por convicción científica. James Sullivan, el organizador, quería aprovechar la prueba para estudiar los efectos de la deshidratación deliberada. Se creía entonces que beber durante el esfuerzo era contraproducente, que revolvía el estómago y cortaba el rendimiento. La carrera era, en parte, un experimento.

El cubano del pantalón cortado a tijera

Félix Carvajal era cartero en La Habana y quería ir a los Juegos. Reunió el dinero corriendo por su cuenta en la plaza pública y pidiendo aportaciones. Cruzó a Estados Unidos, llegó a Nueva Orleans y perdió todo el dinero jugando a los dados.

Hizo el resto del camino a Saint Louis pidiendo transporte por la carretera.

Se presentó en la línea de salida con camisa de manga larga, boina y pantalón largo de calle. Uno de los atletas estadounidenses, el lanzador Martin Sheridan, sacó unas tijeras y le cortó los pantalones a la altura de las rodillas ahí mismo, delante de todos, para que pudiera correr.

Carvajal se lo tomó con calma. Iba charlando en inglés macarrónico con los espectadores. Se paró en un huerto junto al camino a comer manzanas verdes, le sentaron fatal, se echó a dormir un rato con retortijones y volvió a levantarse a correr.

Quedó cuarto.

El primero en llegar iba en coche

Fred Lorz entró en el estadio el primero, fresco, saludando. La hija del presidente Roosevelt ya se acercaba a entregarle la corona cuando empezó a correr el rumor: Lorz había abandonado con calambres a los catorce kilómetros, se había subido al coche de su entrenador, había recorrido unos dieciocho kilómetros sentado y se había bajado al ver el estadio cerca para entrar por su propio pie.

Él dijo que había sido una broma. La federación lo expulsó de por vida.

Y entonces llegó la farmacia

Thomas Hicks, el ganador real, llevaba desde el kilómetro treinta suplicando agua. Sus asistentes se la negaron: le mojaban la boca con una esponja empapada en agua destilada tibia y poco más. Lo que sí le dieron fue un miligramo de sulfato de estricnina mezclado con clara de huevo. Y como no acababa de hacer efecto, otra dosis más adelante, esta vez acompañada de coñac.

La estricnina, en dosis minúsculas, era un estimulante del sistema nervioso perfectamente respetable en la farmacopea de la época: se recetaba como tónico. Aumenta la excitabilidad de las neuronas motoras. En cantidad ridícula, te espabila y te tensa los músculos. En cantidad normal, te mata con convulsiones. El margen entre las dos cosas es incómodamente estrecho.

Hicks empezó a alucinar en los últimos kilómetros. Estaba gris, la cara desencajada, y pedía comer y tumbarse. Sus asistentes lo llevaron medio en volandas hasta la meta con un tiempo de 3 horas y 28 minutos. Después estuvo una hora sin poder salir del estadio y varios médicos tuvieron que atenderlo antes de dejarlo marchar. Confesó que habría preferido no volver a correr nunca.

Su entrenador, Charles Lucas, escribió luego un informe sobre la carrera. Su conclusión no fue «casi matamos a un hombre», sino que la prueba demostraba el valor de los fármacos para los atletas de carretera. Y tenía sentido para su tiempo: no existía ninguna norma antidopaje. La primera prohibición formal de la federación internacional de atletismo llegó en 1928, y los controles olímpicos de verdad no aparecieron hasta 1968.

Los dos corredores que nadie había invitado

En la salida había dos sudafricanos tswana, Len Taunyane y Jan Mashiani, que estaban en Saint Louis trabajando como figurantes en una recreación de la guerra de los Bóeres montada para la Exposición. Se apuntaron a la carrera. Fueron los primeros africanos negros en competir en unos Juegos Olímpicos.

Taunyane acabó noveno. Habría quedado bastante más arriba si un perro no lo hubiera perseguido campo a través durante casi un kilómetro, sacándolo del recorrido.

De los 32 que salieron, llegaron 14.

Un apunte final sobre Fred Lorz, el del coche: le levantaron la sanción unos meses después y en 1905 ganó la maratón de Boston. Corriendo.

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