Cuarenta siclos de plata por un hombre libre: cuatro mil años de perder contra la rabia
La ley más antigua que menciona la enfermedad es de hace cuarenta siglos y ya sabía lo que había: el perro muerde, la persona muere, y alguien tiene que pagar.

Antes de que existieran los griegos, antes de la Biblia, antes de casi todo lo que te suena, ya había una ley escrita sobre perros rabiosos.
Está en las Leyes de Eshnunna, de una ciudad-estado de la baja Mesopotamia, en lo que hoy es Irak. Hacia el 1930 antes de Cristo. Cuarenta siglos.
Lo que decía la ley
Son más de cincuenta artículos escritos en acadio sobre dos tablillas de barro, y dos de ellos van de esto.
El dueño de un perro rabioso está obligado a tomar medidas. Si aun así el perro muerde a alguien y esa persona muere, el dueño paga.
Y aquí viene el detalle que lo cuenta todo sobre aquel mundo: cuarenta siclos de plata si el muerto era un hombre libre, quince si era un esclavo.
Fíjate en lo que ya sabían y en lo que no. Sabían que un perro rabioso era distinto de un perro cualquiera. Sabían que la mordedura mataba. Sabían que era previsible y que por tanto había responsabilidad. No sabían absolutamente nada de por qué.
Cuatro mil años con el mismo resultado
De ahí en adelante, todo el mundo escribió sobre la rabia y nadie la curó. Griegos, romanos, árabes, medievales. Cataplasmas, hierros al rojo, remedios de todo tipo.
El marcador no se movió: quien desarrollaba los síntomas, moría. Sin excepciones documentadas.
Por qué esta enfermedad en concreto es tan rara
Porque es lenta, y eso no es lo normal.
El virus no se mete en la sangre. Se queda en el músculo de la mordedura, entra en el nervio y empieza a subir por dentro, a unas decenas de milímetros al día. Del pie al cerebro hay más de un metro. Haz la cuenta: semanas.
Y mientras sube, va escondido. El sistema inmunitario vigila la sangre, no el interior de un nervio. No hay fiebre, no hay señal, no hay nada. Estás infectado y tu cuerpo no se ha enterado.
Eso convierte la rabia en algo insólito: una enfermedad mortal que te deja tiempo.
6 de julio de 1885
Dos días antes, en un pueblo de Alsacia —que por entonces era alemana—, un perro rabioso tira al suelo a un niño llamado Joseph Meister. Catorce heridas profundas en manos, piernas y muslo.
Su madre lo mete en un tren y se planta en París, cuatrocientos kilómetros, cruzando la frontera. El virus subía andando; ellos iban en tren.
En París los recibe un señor de sesenta y dos años que llevaba cuatro persiguiendo esto. Un químico. No era médico y no podía poner una inyección legalmente: la puso el doctor Grancher, en su nombre.
Trece inoculaciones de médula espinal de conejo infectada y desecada, cada una más virulenta que la anterior. Si el cálculo estaba mal, el que le estaba dando la rabia al niño era él.
Pasa el día diez y el niño está bien. Pasa el primer mes y sigue bien.
Joseph Meister fue el primer ser humano que ganó esa carrera. Tenía nueve años, aunque algunas fuentes dicen ocho.
El marcador, hoy
Cuatro mil años perdiendo. Ciento cuarenta ganando.
Y la regla no ha cambiado del todo: si esperas a tener síntomas, sigue siendo mortal, igual que en Mesopotamia. Lo único que hemos aprendido es a correr más que el virus mientras va subiendo.
Por cierto, el químico se llamaba Louis Pasteur.