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El árbitro que vio 149 goles en propia puerta y no pudo pitar nada

En Madagascar, un equipo entero se dedicó a marcar en su propia portería durante 90 minutos y el árbitro no tenía ninguna herramienta para impedirlo. Lo que vino después —sanciones, un vacío en el reglamento y otros equipos que hicieron lo mismo— es la parte que casi nadie cuenta.

El árbitro que vio 149 goles en propia puerta y no pudo pitar nada

Antananarivo, 31 de octubre de 2002. El árbitro pita el saque inicial y uno de los jugadores del Stade Olympique de l’Emyrne se da la vuelta, encara su propia portería y marca. El portero ni se mueve. Nadie protesta. Se saca de centro y vuelve a pasar. Y otra vez.

El colegiado se queda ahí de pie con el silbato en la boca, repasando mentalmente un reglamento que en ese momento le sirve de bien poco. Porque un gol en propia meta es un gol. Punto. No hay ningún artículo que le permita decir «este no me lo creo, no lo cuento».

Terminó 149-0 para el AS Adema. Y esa cifra es lo de menos.

Lo único que podía hacer el árbitro era irse a casa

Las Reglas de Juego —diecisiete, las mismas para el Camp Nou que para un campo de tierra— definen el gol por dónde acaba el balón, no por quién lo puso ahí ni con qué intención. Un defensa que despeja mal y un jugador que fusila a su propio portero producen exactamente el mismo resultado sobre el papel. El árbitro no está autorizado a leer la mente de nadie.

Su única salida real era suspender el partido y mandar el acta con una descripción de lo que había visto. No lo hizo: dejó que se jugaran los noventa minutos completos. Los aficionados que habían pagado entrada pidieron que les devolvieran el dinero.

El motivo de la protesta venía de días antes. El Emyrne se había quedado sin título por una decisión arbitral en un partido anterior y su entrenador decidió montar el escándalo más ruidoso posible. Le funcionó demasiado bien.

Las sanciones

La federación malgache no tardó en reaccionar, y no lo hizo por «marcar en propia puerta» —eso no está tipificado— sino por conducta antideportiva, que es el cajón donde acaba todo lo que el fútbol no supo prever.

  • El entrenador se llevó tres años de suspensión apartado de toda actividad futbolística.
  • Cuatro jugadores, entre ellos el capitán, quedaron sancionados hasta el final de la temporada.
  • El resto de la plantilla se libró: habían obedecido órdenes.

Ojo al detalle: el club no perdió el partido en los despachos, ni le anularon los goles, ni se repitió nada. El 149-0 quedó en el acta tal cual. Adema sumó los tres puntos y, de paso, una diferencia de goles que ya no volvería a ver ningún equipo del planeta.

Por qué la FIFA sigue sin tener una regla para esto

Parece una laguna absurda, pero es deliberada. Darle al árbitro la potestad de anular un gol porque le parece que ha habido mala intención abriría un boquete mucho peor que el que tapa. ¿Y el defensa que despeja hacia atrás bajo presión? ¿Y el portero que calcula mal? Cada acción rara del partido pasaría a depender de si el colegiado te ve cara de tramposo.

Así que el fútbol lo resuelve por la puerta de atrás: en el campo el gol vale, y el castigo llega después, por vía disciplinaria. El Código Disciplinario de la FIFA sí tiene munición para el amaño y para la conducta contraria al juego limpio, pero funciona como funcionan los tribunales, con expediente y semanas de por medio. Durante los noventa minutos, el reglamento es un espectador más.

Y no fue el único caso

Ocho años antes, en enero de 1994, pasó algo todavía más retorcido. Barbados recibía a Granada en la clasificación para la Copa del Caribe con una norma de diseño exquisito: en aquel torneo, el gol de oro de la prórroga contaba doble. Barbados necesitaba ganar por dos para pasar.

A tres minutos del final iban 2-1. Ganando, pero eliminados.

Así que hicieron cuentas y marcaron en su propia portería para forzar la prórroga, donde un solo gol les valdría por dos. Lo bueno viene ahora: a Granada le servía cualquier resultado con un gol de diferencia, en cualquier dirección. Los últimos minutos fueron un espectáculo de física cómica, con los jugadores de Granada intentando marcar en las dos porterías y los de Barbados defendiendo las dos. Barbados acabó ganando 4-2 en la prórroga con su gol de oro.

El seleccionador de Granada, James Clarkson, lo resumió sin diplomacia: quien escribió esas normas, dijo, merecía que lo ingresaran. La regla del gol doble no volvió a verse.

El tercer caso es el que peor acabó. Copa Tiger de 1998, Indonesia contra Tailandia: ninguno de los dos quería ganar, porque el ganador se enfrentaba a Vietnam en Hanói en semifinales. Los dos equipos se pasaron el partido intentando no marcar hasta que, en el minuto 90, el indonesio Mursyid Effendi se hartó y metió el balón en su propia red. La FIFA multó a las dos federaciones con 40.000 dólares y a Effendi lo apartó del fútbol internacional de por vida.

CasoMotivoCastigo
Emyrne–Adema (2002)Protesta arbitral3 años al entrenador, 4 jugadores sancionados
Barbados–Granada (1994)Aritmética del reglamentoNinguno: era legal
Indonesia–Tailandia (1998)Esquivar rival en semifinales40.000 $ por federación y expulsión de por vida

Los tres comparten la misma raíz. Nadie hizo trampas: leyeron el reglamento mejor que quien lo escribió y actuaron en consecuencia. Por eso las sanciones tuvieron que inventarse sobre la marcha, agarrándose a fórmulas elásticas como «conducta antideportiva», que es lo que se usa cuando alguien te ha ganado la partida sin romper ninguna norma.

El 149-0 sigue homologado como el resultado más abultado de la historia del fútbol profesional. Está en el libro de los récords, en la misma página que marcas conseguidas sudando. La letra pequeña no aclara en qué dirección iban los disparos.

El árbitro que vio 149 goles en propia puerta y no pudo pitar nada
Privatemajory, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
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