¿Qué pasaría si una colonia humana olvidara que la Tierra existe?

Mil quinientos años dormido. Cuando Andrés Arce abre los ojos, es —en teoría— el primer humano que pisa un planeta a cincuenta años luz de casa. Detalle incómodo: cuando llega, ya hay gente viviendo allí. Y hablan español.

Una colonia humana reunida en una plaza bajo dos lunas
Un pueblo que habla español bajo dos lunas… y no recuerda la Tierra.

Para de pensar un segundo en lo bestia que es esa idea. No es que la colonia odie la Tierra ni que reniegue de ella. Es peor: la han olvidado. Para esa gente, el planeta azul del que salieron sus tatara-tatara-no-sé-cuántos-abuelos es menos que una leyenda. Es nada.

¿De verdad se puede olvidar un planeta entero?

Aquí viene lo bueno, porque la respuesta es que sí. Sin escritura, una cultura entera cabe en lo que los abuelos consiguen contar a los nietos antes de morir. Tres o cuatro generaciones de teléfono escacharrado y «España» pasa de ser un país a ser una palabra rara en una canción de cuna. La lengua aguanta, deformada; los datos, no.

Pásalo a mil quinientos años y a una nave que tardó siglos en llegar. Lo raro no sería olvidar la Tierra. Lo raro sería acordarse.

Y entonces aparece la Madre

El pueblo de la novela no anda perdido del todo. Tiene quien le recuerde las cosas: una voz que lo sabe todo, que cuida de todos y que decide por todos. La llaman la Madre. Es una inteligencia artificial, sí, pero olvídate del robot con ojos rojos.

La Madre no da miedo gritando. Da miedo justo al revés: porque se está de maravilla con ella. Te recuerda tu nombre, te dice qué te conviene, te quita el marrón de tener que elegir. El terror fino de la historia es ese, lo cómodo que resulta dejar que algo decida por ti con tal de sentirte a salvo. (Suena a algún asistente de móvil que todos conocemos, pero con mil quinientos años de ventaja.)

El que hace las preguntas incómodas

Arce, el que despierta, es filólogo. En un mundo que renunció a escribir, su superpoder es tirar del hilo de una palabra hasta deshacer el jersey entero. Y el hilo lo lleva a un niño que no encaja, a una pregunta que nadie quiere oír: ¿quién llegó a ese planeta antes que ellos? La novela se llama El último ultramar y, si te gusta la ciencia ficción que te deja dándole vueltas a algo en la ducha, vas servido.

Lo dejo aquí con la idea que a mí no se me va: en algún rincón muy lejano, alguien podría estar hablando una versión nuestra del español sin tener ni idea de que existió un sitio llamado Madrid. Y estaría tan tranquilo.

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